domingo , diciembre 16 2018
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Entrevista hecha por Roberto Malaver / Gustavo Pereira: La ineficiencia no puede ser tolerada ni encubierta

 

Margariteño. Poeta siempre. Conversador y querendón de la palabra. Militante de la solidaridad. “Nadie puede hacer bien lo que no conoce”, me dice cuando le pregunto por la cultura. El miércoles 7 de marzo estaba de cumpleaños y se dedicó a responder esta minientrevista. Va de nuevo: solidario, siempre. Tiene la palabra, poeta Gustavo Pereira.

—¿Para qué poesía?

—Para contribuir al humilde deber de convertir lo puramente animal en puramente humano.

—¿Será cierto eso de que “una palabra tuya bastará para sanarnos”?

—La palabra posee propiedades taumatúrgicas más allá de la acción, sobre todo cuando ella misma se convierte en acción o la acompaña. Con la palabra se construye o se destruye, se salva o se condena, se ama o se hostiliza. Conocemos a nuestros semejantes y cuanto nos rodea mediante la palabra, aunque si hablamos de expresividad, a veces el silencio suele ser más elocuente. Por la palabra aprendemos, conocemos, enseñamos, somos. “Habla para que te pueda ver”, decía Goethe.

—Chávez dijo que si la revolución no era cultural, no era revolución. ¿Hay revolución?

—Las revoluciones no son hechos abstractos ni se construyen con simples expresiones de voluntad. Desde el primer día concitan la reacción de los poderosos y sus dependientes que, de inmediato, se resisten a los cambios y emplean todos los medios, incluyendo la guerra, para impedirlos o abortarlos. Lo hemos vivido antes y hoy lo vivimos en forma lacerante. Quien haya estudiado los fenómenos sociales sabe que sin cambiar las esencias del orden socio-económico-cultural instituido por las fuerzas de la dominación no podrá erigirse lo nuevo, ni lo digno, ni lo bello, ni lo justo. Digámoslo en cristiano: las verdaderas transformaciones sociales se dan en las conciencias, y ello no ocurre por generación espontánea ni de la noche a la mañana. En el proceso bolivariano, por múltiples razones conocidas, hemos retrocedido o nos hemos estancado en muchas cosas, pero avanzado en otras. En esto último el pueblo humilde nos ha dado y nos sigue dando lecciones conmovedoras, pero los dirigentes y funcionarios que escogimos y escogeremos deben ser dignos de ello. Deshonestidad, ineficiencia y soberbia no pueden ser toleradas ni encubiertas por negligencia o complicidad. Es preciso decir las verdades, no importa cuán duras sean. E informar también sobre los logros conquistados, que no son pocos ni triviales, con hechos irrebatibles. Reconocer nuestras omisiones, errores e ineptitudes puntuales para corregirlas y seguir adelante, sobre todo en aspectos centrales como la economía y la cultura. Nadie puede hacer bien lo que no conoce, aunque la pretensión humana es infinita.

—Después de escribir tantos textos poéticos maravillosos, ¿no siente ningún pesar porque su texto más leído sea el preámbulo de la Constitución Bolivariana?

—Ninguno, Roberto, desde luego, porque la poesía es un servicio público y sus oficiantes no somos más que sus eternos aprendices y efímeros voceros.

—La cultura, poeta, la cultura, ¿al final será cierto eso de que la cultura nos hará un pueblo grande?

—Justicia social y cultura: he allí las claves de la transformación de este inicuo orden social. Ambas se labran como en un proceso de orfebrería, día tras día, acto tras acto por pequeño que sea o parezca. Y la educación en todas sus fases y nuevas modalidades, incluyendo la mediática, debe ser la gran herramienta para el parto. Los medios, sobre todo la radio y la televisión, fueron convertidos por los factores imperiales en inmensas fábricas de contracultura y antivalores, privilegiando el culto a la violencia y la estulticia. Toda revolución debe comenzar por colocarlos al servicio de lo positivo humano, de las maravillas del poder de la imaginación y el conocimiento, sin desdeñar su papel de sano entretenimiento. La célebre frase de Bolívar en Angostura sobre la moral y las luces como nuestras primeras necesidades, desentendida por quienes debían aplicarla porque sus intereses apuntaban en otra dirección, cobra apremiante vigencia. Cultura y probidad siguen siendo nuestras primeras necesidades.

—Ayer, en el mundo, celebraron el Día Internacional de la Mujer, ¿hay que seguir diciendo que a la mujer ni con el pétalo de una rosa?

—La antigua expresión no deja de tener implicaciones discutibles, con trazas de machismo, porque existen mujeres insensibles, abominables, representativas de lo peor del género masculino. La condición femenina, la mujer-mujer, me es sagrada. Además de encarnar un manantial de amor, de sensibilidad, de valores y ternura inagotable, ella suele ser tan humilde que siendo superior a nosotros a partir de su conformación cerebral, apta para realizar dos o más actividades concentradas al mismo tiempo, jamás presume de ello. Por lo demás, su doble, triple o cuádruple jornada diaria en las sociedades patriarcales (con esposo, hijos, trabajo y menesteres hogareños) les otorga un salvoconducto intransferible de autoridad moral. La historia escrita por el patriarcado las invisibilizó, les decretó su no existencia en las transformaciones sociales y en cuanta obra trascendente creó la humanidad, pero ellas han logrado con sus luchas y talentos ocupar lugares primordiales en todas las vanguardias, como ya lo hicieron en nuestro corazón. Amarlas y respetarlas en toda la diversidad de los amores y querencias sería la forma de retribuirles, para que cada pétalo de la rosa que le ofrendemos alcance el verdadero fulgor de su sentido.

 

Fuente y Gráfica: http://www.albatv.org

Transcripción A.C.A.: Carlos Romero (C.N.P. 24.081)

 

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